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26 de septiembre de 2018

GALICIA: Renfe constata que los grafiteros de trenes son cada vez más agresivos


Las pintadas causan daños anuales cercanos al medio millón de euros en Galicia

Los grafiteros «se están volviendo cada vez más agresivos». Esta es la constatación de Renfe ante los cada vez más habituales ataques a sus trenes, a veces incluso en marcha, que no solo suponen un riesgo para la seguridad de los viajeros, sino también para los propios grafiteros, que a menudo son víctimas de sus propias tropelías. «En ocasiones apedrean y lesionan a los vigilantes de seguridad, policías o empleados de Renfe-Operadora que los sorprenden. La empresa actúa poniendo la correspondiente denuncia ante la autoridad competente y ya existen en la actualidad algunas sentencias condenatorias de prisión», explica la operadora ferroviaria en un balance sobre estas actividades.

Los daños provocados por estos colectivos -a veces muy bien organizados- en los trenes que circulan por Galicia van en aumento, algo que preocupa a los directivos de la empresa ferroviaria, pues hace años este tipo de pintadas se circunscribían a las grandes ciudades, especialmente Madrid y Barcelona. Pero el problema se ha extendido a casi toda la geografía española.

Así, solo el año pasado, los trenes gallegos sufrieron daños por grafitis en 143 ocasiones. Pero el problema va en aumento en este ejercicio. En lo que va de año -concretamente entre enero y julio- se han producido 107 acciones de este tipo. Se deduce que el balance final será más gravoso que el del 2017, pues en el mismo período del año pasado solo se contabilizaron 78. Este aumento también se refleja en el impacto que estos grafitis ilegales tienen en el erario público. De enero a julio del 2017, los atentados contra el material ferroviario público se tradujeron en un gasto de 223.184,52 euros, mientras que hasta el pasado mes de julio son 290.888,53 euros.

El coste de estas acciones, además de los riesgos en seguridad que conllevan, supusieron el año pasado un desembolso de426.000 euros, y en el actual, a la vista de la tendencia creciente, se acercarán aún más al medio millón, una cifra que afecta sensiblemente a los costes de explotación de Renfe en Galicia. Este dinero se gasta, efectivamente, en la limpieza de los trenes, pero también en pinturas, disolventes, traslados a talleres o movilización de personal. «El daño causado repercute en Renfe, que tiene que pagar estas tareas, pero también perjudica a todos los contribuyentes españoles, que tienen que hacer frente a estos gastos a través de los Presupuestos Generales del Estado», explican en la compañía ferroviaria pública. La pintura que se utiliza suele ser ácida y de secado rápido, lo que provoca que al limpiarla se destruya la película de protección antigrafitis que llevan los coches o vagones. «Este es un daño grave porque es muy costoso», concluyen.

El modus operandi de los grafiteros es diverso. Quizás el más habitual es pintar el tren cuando está estacionado en la vía, fuera de servicio. Cuando son descubiertos por los vigilantes de seguridad es fácil que recurran a las piedras del balasto para intentar escapar, y evitar así las fuertes multas o incluso una denuncia por la vía penal. También actúan con rapidez cuando el tren está parado en una estación mientras se encuentra en servicio. Aprovechan la parada para realizar una pintada en tiempo récord. Pero sin duda el método más peligroso es el conocido como palancazo, consistente en accionar el dispositivo de alarma de los trenes, lo que detiene el convoy y afecta al resto de las circulaciones, con retrasos o incluso transbordos.

Los convoyes pueden estar parados entre ocho horas y siete días El problema de los grafitis en trenes no solo está relacionado con las gravosas tareas de limpieza o con la seguridad. También genera graves dificultades en la disponibilidad del parque móvil de Renfe, al obligar a ir a los talleres cuando no estaba prevista ninguna revisión. El tiempo que pasan en estas instalaciones oscila entre las ocho horas para solucionar una gamberrada mínima y los siete días si se trata de una acción de mayor calado que afecte a la pintura y a la chapa. Mientras estos trenes se limpian, no pueden prestar servicio, lo que genera complicaciones en la disponibilidad de material.

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